El Pérsonal Stereo
Aunque no se lo crean ustedes, y a pesar de lo computín que soy, aún no poseo ningún reproductor MP3 portátil. Cada vez que necesito llevarme la música a cuestas, y cuando mi computadora portátil es demasiado engorrosa, opto por escuchar la radio 'analógica' a través de mi viejo pérsonal Sanyo, con su compartimento para cassettes (que ya casi no uso) y su ruedita para sintonizar las emisoras tanto de AM como de FM.
Comparado con los iPods y demás reproductores MP3 contemporáneos, tanto los que usan disco duro como los de memoria FLASH, mi pérsonal es un mamotreto grande, obsoleto y limitado, una antigualla que pertenece al baúl de los recuerdos. Pero, a pesar de todo, mi viejo Sanyo continúa haciendo su humilde trabajo, el de acompañarme con la música en las emisoras de FM que capta, o bien escuchar las noticias del día en las emisoras de AM.
Uno de los motivos que me llevó a comprar este aparatito, hace ya tres años, es que es idéntico a los pérsonals de los años 80. Y es que, así como los MP3 caracterizan esta década que vivimos ahora, y los 'Discman' pertenecen a los años 90, los ochenta fueron la época de los Walkman, o bien Pérsonals, como los bautizamos en Chile. Y ya saben ustedes que este servidor es un fanático de la nostalgia ochentera.
Una serie de dibujos animados: Érase una vez... El Hombre
Es curioso observar lo bien que vende la nostalgia. Aquí en Europa, podemos gastar nuestros Euros en colecciones de series infantiles que se emitieron hace más de veinte años, y la variedad de series es inmensa: desde aquellas de las que apenas guardo un vago recuerdo, por ejemplo, Banner y Flappy, hasta las que se hicieron famosísimas en todo el mundo, como Heidi o Marco. Y podemos comprarlas en los quioscos como colecciones independientes, junto con algún diario, a través de Internet o bien por medio del infame márketing directo.
Aunque me parece que en el fondo esta invasión de series animadas antiguas no es más que un montaje de márketing para que los que ahora cuentan treinta y tantas primaveras y algún que otro hijo al que entretener -bajo la falsa premisa de que lo que les gustó a los padres le tiene que gustar a los niños-, he de reconocer que, como nostalginauta que soy, todas estas colecciones son un verdadero filón para mí y para este humilde blog. Es por ello que he decidido poner mis ojos en una de las pocas series añejas de animación de las mejores que se ofrecen en ese lote. Me refiero a Érase una vez... el Hombre.
Álbumes de Figuritas (I)
Las figuritas eran uno de los hobbies favoritos de la generación que fue niña durante los años 80.
Si tú, estimadísimo lector o lectora, coleccionaste estampitas cuando eras chico/a, sabrás que la emoción que se siente cuando tus papás te regalan un álbum es indescriptible. Como lo es el hojear sus páginas cuando está nuevo. Y también conocerás el cosquilleo en la guata al abrir un sobre de figuritas, la alegría que sientes cuando encuentras una que no tienes, el relegar al 'montón' las que tienes repetidas, o el orgullo sientes cuando, después de un tiempo, el álbum 'engorda' con el peso añadido de las figuritas. Te habrás enojado si usaste cola fría en vez de Stick-fix para pegar las estampitas y te encuentras un día que las hojas se te han quedado pegadas y se rompen cuando intentas despegarlas. Y, claro, también habrás llevado tu montón al colegio, para jugártelas con tus compañeros de curso durante el recreo o en la misma liebre que te trae y lleva del colegio.
Y, claro, también habrás llevado tu montón al colegio, para jugártelas con tus compañeros de curso durante el recreo o en la misma liebre que te trae y lleva del colegio.
Cámaras fotográficas en los años 80
Cada vez avanzamos más rápido, amigo mío. La tecnología del bronce tardó medio milenio en hacerse común entre las comunidades paleoeuropeas. Las máquinas de vapor tardaron unos ciento veinte años en reemplazar a la tracción animal como medio de transporte. El automóvil reemplazó a los carruajes en unos sesenta años. El cine pasó a ser entretenimiento popular en unos treinta y cinco años. A la radio, convertirse en un fenómeno de masas le tomó un par de décadas. La televisión habrá tardado unos quince años en llegar a una audiencia amplia. Las computadoras personales se popularizaron en diez ó doce años. Los CDs, como mucho, ocho. Internet se hizo popular unos cuatro años después del pistoletazo de salida1. Al DVD, convertirse en el medio de soporte de datos por excelencia le tomó, como mucho, un par de años.
La velocidad es tal que ahora la tecnología de hace más de un lustro parece inconcebiblemente desfasada hoy en día. Tomemos como ejemplo las cámaras fotográficas digitales. En 2001 eran poco más que una curiosidad. Hoy en día son tan populares que ni Kodak ni Fuji/Minolta fabrican cámaras analógicas, y empresas tan emblemáticas como Polaroid no tienen más remedio que diversificar su gama más allá de la fotografía para sobrevivir.
Al volver la vista atrás, nos parece casi inconcebible que la tecnología digital fuera casi inexistente hasta hace bien poco. ¿Me acompañas en una gira nostálgica por lo que fue la tecnología punta para los cabros de los ochenta?
El arsenal de Carrizal Bajo
El día 6 de Agosto de 1986 Carrizal Bajo, un tranquilo pueblo de pescadores en la tercera región, desconocido para la mayoría de la población del país hasta entonces, pasó a acaparar el centro de la atención nacional. El CNI acababa de descubrir un enorme arsenal, nada menos que 80 toneladas de material bélico de primera calidad: 3.383 fusiles M16A, 146 fusiles FAL, 123 lanzacohetes RPG-7, 2.400 paquetes de medio kilo de dinamita, 180 lanzacohetes M72 LAW, 800 kilos del explosivo C-4, suficientes para volar varias cuadras de edificios, dos mil granadas de mano y munición en abundancia para esas armas. Durante las semanas siguientes se encontraron más arsenales distribuidos a lo largo de Chile, pero ninguno alcanzaba ni de lejos la importancia de éste.
El Gran Héroe Americano
Te seré sincero, amigo lector. Nunca me han gustado los superhéroes. No me siento identificado con ellos, en general son demasiado... vacíos, presumidos y prepotentes, con perdón.
Mi escepticismo también se extiende hacia el género escapista, el protagonizado por seres ultra-mega-recontrapoderosos, sea física, intelectual o económicamente, a los que no les cuesta ningún esfuerzo conseguir lo que se proponen. Porque a mí, que soy tan humano, debilucho, de inteligencia mediana y pobretón, me patea el hígado. Mucho. Así que no te voy a ocultar que lo que siento hacia los superhéroes (y derivados al estilo Dragon Ball) es una envidia fenomenal.
Lo que sí me agradan son las sátiras que demuelen el género, sobre todo las bien intencionadas. Y del género de los superhéroes, una de las mejores fue la serie "El Gran Héroe Americano", que se vio en las pantallas de TV chilenas y del resto del mundo a partir de 1981. Superhéroes patosos ha habido por montones, pero de la talla del personaje que encarnó William Katt con su melena rizada, muy pocos.
Jugando Rally - X
La última vez que jugué Rally - X, digamos que en serio, fue en el otoño de 1994 cuando capeando una aburrida clase de la universidad, no recuerdo cuál, no encontré nada mejor que ir a los Juegos Diana del Paseo Ahumada. Recuerdo que aquella ocasión logré llegar al Round 24, luego de casi media hora manejando el pixelado autito azul que corría tras las banderas escapando de los autos rojos. Después de esa marca, que nunca había logrado, decidí que ya era hora de "apagar la consola".
Creo que pasé algo así como más de 10 años jugando a este clásico jueguito cada vez que se me ocurría entrar a un Delta o a cualquier local de videos y flippers. Sea donde sea, el Rally - X estaba siempre ahí... En Santiago, en la playa, en el sur, de Tongoy a Curacautín, de Valparaíso a Montevideo, no había excusa para no comprar una ficha y meterla en la máquina.



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